Desde que tengo uso de razón estoy fascinado por la historia. La realidad supera ampliamente la ficción, siempre consideré interesantísimo entender cómo llegamos donde estamos.

En la secundaria era mi materia favorita por lejos, tuve el privilegio de estar expuesto no sólo al equivalente de educación cívica – recuerdo con la liviandad del sufrimiento pasado cómo costó memorizar los miembros y roles de la Primera Junta en quinto grado – sino también historia europea partiendo desde el Reino Unido, desde las invasiones normanas, Hastings, la Magna Carta, la revolución inglesa y ambas Guerras Mundiales.
Con la adultez y las invetiables distracciones el ritmo de lectura disminuye pero los podcasts son un vehículo fabuloso para “leer” mientras manejás, caminás o lavás los platos. Recomiendo enfáticamente Hardcore History de Dan Carlin o The History of Rome de Mike Duncan, entre ambos llevo consumidos cientos de horas de lo que de otra manera sería tiempo perdido en pensamiento ocioso.
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La afirmación de George Santayana es inevitable: quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo. Es que mientras que nuestro estilo de vida, tecnología, religión, gobiernos, países y hasta forma de organizarnos civilmente puede cambiar, hay algo que se mantiene fijo: la naturaleza humana.
Por eso no tengo duda que entender nuestra historia y cómo actuaron quienes nos precedieron es vital, sea cual sea el ámbito en que eligamos movernos. No estamos limitados a gobernantes o generales, podemos modelar nuestros esfuerzos en el campo del arte en Picasso, hacer negocios como Jack Welch, inventar como Tesla o vivir como Epictetus. Todos tienen mucho para aportar, mucho de lo que te aqueja hoy fue resuelto por otro mucho antes que vos nacieras.
