Aunque los lectores de esta bitácora vivan en sociedades abiertas sin estructuras de castas es innegable que hay una cierta suerte que está echada mucho antes que llegamos a una cierta madurez emocional.
Nuestro entorno social, el nivel educativo de nuestros padres y por ende qué nivel de educación formal recibimos ayudan marcar indeleblemente nuestro destino. Aspectos como el grupo de contención con el que nos criamos, las experiencias de vida a las que estamos expuestos y las decisiones que tomamos en función a esos controles cruzados hacen a lo que somos una vez que quedamos librados del nido paterno.
Por esos motivos estoy ocasionalmente sorprendido cuando veo que alguien quiere salir de ese canal.
Entiendo que hay ciertos aspectos del otro lado del cerco que llaman la atención, pero estudiantes universitarios con varios años en multinacionales no suelen renunciar para montar posadas en Praia do Rosa, por más tentador que suene.
Con la misma lógica, si pasaste los años formativos de tu vida tocando la pandereta, pintando murales y experimentando con posibilidad de ser un consumidor funcional de marihuana diaria no intentes ser feliz trabajando en una agencia de publicidad porque querés un sueldo a fin de mes y te divierten los comerciales graciosos.
No digo que es imposible cambiar de rumbo. Sólo pienso que es mejor no engañarse, buscar un camino donde serás exitoso con el camino forjado y potenciando lo que ya sabemos hacer mejor que nadie.
El punto es descubrir qué será esa cosa.

