Las mentiras blancas son necesarias e inofensivas en ciertas situaciones.
De eso estamos todos de acuerdo. No tiene ningún sentido explicarle el aparato reproductivo a un niño sólo porque te preguntó, responderle a tu mujer que sí, está más gorda y ese vestido le hace mucho culo o contarle a tu mejor amigo que su novia te parece un poco superficial.
Sin embargo la mentira gratuita no es lo mismo.
Son esas mentiritas que se dicen desde la cobardía, innecesariamente, sólo porque es más fácil que afrontar una decisión poco feliz. Inventar razones para no hacer algo que no te gusta, decir que estás ocupado cuando preferís cualquier cosa a ver esa persona o justificar un error propio transfiriendole la culpa a un tercero.
El problema con las mentiras gratuitas es que por su misma naturaleza sólo te enterás vos. No estás expuesto como Reagan/Irán-Contra o Clinton/Lewinsky.
Es ahí mismo donde está el peligro. Es demasiado tentador tomar ese camino de salida, justificarte un atajo o una pequeña transgresión a lo que sabés en tu corazón deberías hacer. Es algo que te corrompe y genera cinismo.
A la larga esa muleta atrofia el músculo y evita que construyas la valentía de carácter necesaria para tomar algunas decisiones difíciles. Te estás haciendo un daño por goteo que a la larga es demasiado costoso.
Quizás vale la pena hacer el esfuerzo por ser genuino con las pequeñas cosas y guardar la falsedad para situaciones extremas e inevitables.

